Piramides en Argentina


CONCEPCION, Catamarca.- Fue una sorpresa mayúscula. Quizás, el más importante descubrimiento de la arqueología argentina de todos los tiempos: hay una pirámide en Catamarca.

La noticia, capaz de despertar la más dormida de las fantasías, es nueva para nosotros, pero no para el grupo de arqueólogos que trabaja en el tema desde marzo del año último.

Se trata de un equipo liderado por el célebre Alberto Rex González, investigador del Conicet, y toda una eminencia de la arqueología mundial, a quien el entusiasmo lo lleva a olvidarse de sus ochenta años recientemente cumplidos para subir y bajar los nueve metros de la pirámide y trabajar a diario más de ocho horas bajo el sol catamarqueño.

“El hallazgo lo manteníamos en reserva porque no queríamos que en nuestra ausencia el lugar se llenara de buscadores de tesoros”, se justificó.

Los autores de la pirámide fueron los miembros de una cultura conocida como La Aguada, que vivió en los Andes entre el 500 y el 1000 de nuestra era.

Los estudios indican que el monumento comenzó a construirse a fines del siglo VII y les llevó algo más de 50 años de trabajo a los obreros de antaño.

Pese a que el paso de casi un milenio y medio le ha dado la apariencia de una masa amorfa de piedra y tierra, la pirámide impresiona.

Está en el medio del monte, entre cactos gigantes y todo tipo de arbustos espinosos, en un valle árido, ubicado a unos 50 kilómetros de la capital provincial. Se destaca del llano por su altura, claro. Los pocos habitantes de la zona la conocían como la lomita o el bordo (montículo) de tierra .

“Sé de su existencia desde que tengo uso de razón, pero no sabía que era algo relacionado con los indios”, aseguró a La Nación don Cárdenas, el dueño de la humildísima finca dentro de la cual se encuentra la pirámide, casi dos kilómetros monte adentro.

Hace unos 18 años, el doctor José Togo, arqueólogo de la Universidad Nacional de Santiago del Estero, que actualmente trabaja junto con Rex González en el lugar, decidió hacer un relevamiento. Recorrió Catamarca identificando sitios para futuras excavaciones y marcó 83 lugares potencialmente interesantes. El bordo era uno de ellos.

“Cuando lo vi por primera vez estaba completamente cubierto por la vegetación -recordó-. Inmediatamente comprendí que el montículo no era natural y lo confirmé cuando encontré algunos trozos muy pequeños de alfarería. Sabía que era algo raro, pero jamás imaginé que se trataba de algo así.”

Tuvieron que pasar casi dos décadas para que Rex González consiguiera fondos de la petrolera Shell para realizar algún trabajo arqueológico. Consultó las anotaciones de Togo y no dudó un minuto: había que excavar la lomita.

Un sueño de 1300 años Los trabajos empezaron en marzo del año último y desde un principio los investigadores entendieron que se trataba de algo muy importante.

Y es que, más allá de lo impresionante del hallazgo, la única pirámide argentina conocida no es poca cosa: mide alrededor de nueve metros de altura por 36 de diámetro en su base. Hay que hablar de diámetro porque se trata de una pirámide de base circular, es decir, de un cono (la figura que recuerda a un bonete de cumpleaños).

En este caso, es un cono trunco. O, dicho de otra forma, no tiene punta, sino que la cima es una plataforma de alrededor de seis metros de diámetro. Para darle más espectacularidad al descubrimiento, los bordes no son lisos, sino escalonados; en total ocho niveles, que empiezan a notarse en cuanto los arqueólogos los resucitan con sus cucharines.

Ellos dicen que las pirámides cónicas en el mundo son escasas. Ni hablar de pirámides cónicas escalonadas: la de Catamarca es la primera conocida.

Un detalle extra, tan misterioso como deslumbrante es el diseño de los escalones que recuerdan los pétalos de una flor.

“¿De donde surgió tal diseño? ¿Por qué nunca encontramos nada parecido?”, repetía Rex González, mencionando apenas las dos primeras preguntas de una larga lista de interrogantes que aún no tienen respuesta.

El trabajo se complica porque, a diferencia de lo que ocurría para esa misma época en Europa, las culturas como la de La Aguada no tenían escritura. Eran de tradición oral. Por lo tanto, los arqueólogos en este caso no tienen más que unos pocos elementos -entre los cuales predomina la alfarería- para contar la historia de un pueblo.

Una de las mayores ambiciones del equipo es establecer para qué se construyó la pirámide. ¿Era la tumba de un gran personaje o un centro ceremonial? Si se encontraran restos humanos, eso ayudaría a responder esta incógnita.

Para averiguarlo, Rex González ordenó abrir una profunda herida, desde la cima hasta la base del monumento. Esto permitió descubrir su compleja arquitectura interna: capas alternadas de piedra, tierra y madera de cardón (un enorme cacto de la zona). Pero no había nada más que pequeños trozos de alfarería. Faltaba encontrar un entierro y confirmar si el cadáver había sido víctima de un sacrificio.

La fortuna quiso que en el momento en el que La Nación recorría las excavaciones, Florencia del Castillo, una estudiante de arqueología que está a punto de recibirse, hallara una rótula humana en uno de los pozos abiertos, en el patio del monumento. José Togo descendió de inmediato el metro y medio de la fosa y, pincel en mano, comenzó a descubrir los huesos de la pierna de un aborigen que volvían a ver la luz después de 1300 años. Justo pocos minutos antes de que empezara a soplar el viento caliente que puntualmente indica que la jornada de trabajo ha concluido, simplemente porque impide seguir haciéndolo.

“Hace siete meses que buscamos esto. Una vez estudiado este entierro sabremos más cosas acerca de este sitio”, declaró Rex González, emocionado.

La tragedia desconocida Las expectativas estaban puestas también en encontrar un objeto de cerámica entero.

Sucede que la cerámica que está apareciendo en los alrededores de la pirámide, si bien fue claramente realizada por la cultura de La Aguada, es completamente inédita. Los arqueólogos la llaman cerámica portezuelo .

“Ese es otro de los misterios de este sitio -explicó José Togo-. Frecuentemente, la alfarería aparece completa, pero daría la impresión de que platos y vasijas hubieran sido destrozados antes de dejarlos aquí. Quizá debajo del entierro que acabamos de hallar encontremos un objeto entero.”

Pese a los interrogantes, el hallazgo deja en claro algo que desde un principio dedujo José Togo: “La Aguada fue una cultura más avanzada que lo que suponíamos. Esta pirámide demuestra que tenían arquitectos entre sus miembros y determinados conocimientos de matemática y geometría. Nadie levanta un monumento así sin un proyecto previo”.

Pero tal vez el mayor de los misterios que encierran las paredes de la pirámide es qué fue de esa cultura. Los rastros de este pueblo sedentario, agricultor, que estaba organizado en señoríos, desaparecen abruptamente alrededor del año 1000. En adelante no hay rastros, ni una pista ni un vestigio de sus miembros ni de su tragedia.

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