El estado laico no necesita perdon de dios


 LA DIFERENCIA ENTRE EL PECADO Y EL DELITO

Las religiones pueden definir qué clase de conducta son pecado, pero no
están facultadas para establecer qué debe o no ser considerado como delito.
Es a la Iglesia, o poder espiritual, a la que corresponde castigar o
perdonar el pecado, y al Estado, o poder temporal, al que corresponder
juzgar y castigar el delito y considerar los atenuantes o agravantes de su
comisión. Pero no le corresponde perdonarlo.

La Iglesia, si quiere, puede perdonar el o los pecados de un asesino, un
narcotraficante o un pederasta. El Estado no obliga a la Iglesia ni a
condenar, ni a castigar esta clase de transgresiones. Sí le exige, en
cambio, que entregue a la justicia civil a todo aquel ciudadano cuyo pecado
constituya un delito, para que se le juzgue con todo el peso –y la bondad–
de la Ley.

Cuando la Iglesia se niega a hacerlo con la excusa del secreto de confesión,
y de hecho siempre lo hace, el sacerdote y con él la Iglesia entera se
transforman en encubridores, en cómplices del delito.

II. El laicismo y la libertad

La diferencia entre pecado y delito es una de las tres principales
características del laicismo, tal como las plantea el brillante filósofo
español Fernando Savater en su libro La vida eterna. Las otras son:

La segunda: “En la sociedad laica tienen acogida las creencias religiosas en
cuanto derecho de quienes las asumen, pero no como deber que pueda imponerse
a nadie”.

Esto quiere decir que, en un régimen laico, como el nuestro, el Estado se
erige en protector de todas las religiones, concede a todos sus ciudadanos
la libertad ejercer cualquiera de ellas y, al mismo tiempo, no puede imponer
ninguna religión sobre las demás. De esta libertad goza incluso el
presidente de la República, que puede ser católico, protestante, judío o
ateo. Sólo se le pide, en caso de ser religioso, que practique su fe con
discreción. Y así, con una sola y lamentable excepción, lo han hecho, desde
hace más de medio siglo, los presidentes mexicanos que han sabido respetar
al laicismo como una de las conquistas del estado democrático…

La tercera. Dice Savater:
“En la escuela pública, sólo puede resultar aceptable como enseñanza lo
verificable –es decir, aquello que recibe el apoyo de la realidad
científicamente contrastada en el momento actual– y lo civilmente
establecido como válido para todos: los derechos fundamentales de la persona
constitucionalmente protegidos”.

En otras palabras, el Estado se reserva el derecho a impartir una educación
no religiosa sobre bases científicas. La responsabilidad de la Iglesia es la
de impartir la enseñanza religiosa, así ésta se base en milagros y dogmas.
Tiene toda la libertad de hacerlo.

El Estado laico mexicano no le prohíbe a la Iglesia católica la enseñanza de
la religión. No le prohíbe, a ningún padre de familia, que le enseñe a sus
hijos a ser católicos. México siempre ha permitido la enseñanza religiosa en
las escuelas privadas.

Y, si se alega que sólo los niños de padres en buenas condiciones económicas
pueden asistir a las escuelas privadas, la Iglesia católica tiene en México
la absoluta libertad –como la tienen todas las otras iglesias– de
proporcionar enseñanza religiosa a los niños de familias con escasos
recursos pecuniarios en los días y horarios que no interfieran con los de
las escuelas públicas, y en los locales que disponga.

Aunque si éste fuera el caso, y la Iglesia asumiera en pleno la misión y la
responsabilidad de instruir a esos niños en los principios religiosos y
asegurar así su incorporación al rebaño del Señor, uno no podría dejar de
preguntarse: ¿cuántos padres de familia dejarían ir solos a sus hijos a las
clases de catecismo impartidas por un sacerdote célibe?

III. Contra la naturaleza

La revista católica mexicana Semanario expresó la semana pasada que la
adopción de niños por parejas del mismo sexo es un atentado contra la
naturaleza, la familia y los niños.

No es así. La adopción de un niño o una niña huérfanos por una pareja
homosexual no atenta contra la naturaleza. No existe en la naturaleza
ninguna ley que impida o condene la protección que un ser humano desee
otorgar a otro ser humano.

Tampoco atenta contra la familia: tiene, por lo contrario, la intención de
dar una familia al adoptado.

Por último, no atenta, tampoco, contra ningún niño: tiene el objetivo de
cobijarlo contra la orfandad, el abandono, la prostitución, la miseria. Y,
si esa pareja está formada por dos católicos o dos católicas, el propósito,
también, de educarlo en la religión y que aprenda, así, a amar a Dios.

Lo que sí va contra la naturaleza es el celibato sacerdotal. Cada vez que un
hombre descarga su esperma, éste vuelve a acumularse y, en pocos días, su
naturaleza exige una nueva expulsión. No son muchas las formas en que un
sacerdote adulto puede satisfacer esta exigencia:
1) mediante la masturbación, que para la Iglesia es un pecado, pero que no
es un delito para el poder civil: b) mediante la relación sexual con
consenso mutuo con una mujer adulta, que también para la Iglesia es un
pecado –violación del celibato–, y que tampoco para el poder civil es un
delito c); mediante la relación sexual con consentimiento mutuo con otro
hombre adulto –por ejemplo, otro sacerdote–, que, una vez más, es
considerada por la Iglesia como un pecado, pero que no está catalogada como
un delito por el poder civil.
Y d) mediante la pederastia, que es considerada como un pecado por la
Iglesia y, por el poder civil, como un delito grave.

El celibato sacerdotal va, también, contra la Ley Divina. Las órdenes del
Señor, en el primer libro de la Biblia, el Génesis, son muy claras: Creced y
multiplicaos. Estas órdenes, dirigidas a todos los futuros seres humanos sin
excepción, han sido desobedecidas durante siglos por la Iglesia católica
desde que inventó, en el siglo XI –o sea más de mil años después del
nacimiento de Cristo– un celibato que Dios Padre nunca predicó ni ordenó: de
haberlo hecho, la humanidad no hubiera existido. Otra cosa fue el enredo
inventado por la Iglesia, que identificó el primer acto destinado a cumplir
esa orden: la primera relación sexual entre Adán y Eva, con el pecado
original. Las mentes puritanas nunca han sido capaces de concebir que Dios
le otorgue al ser humano un placer sin que vaya aparejado, en calidad de
cobro, el castigo correspondiente.

Si el celibato desapareciera, los sacerdotes no homosexuales –que presumo
son la mayoría– podrían forma parejas heterosexuales capaces de salvar de la
indigencia y la derelicción a numerosas criaturas, y llenarlos de amor y
bendiciones. Y, para cumplir con la orden del Señor, los sacerdotes casados
podrían además engendrar a sus propios hijos. Debe haber millones y millones
de niños que duermen, en espera de nacer, en el vientre de la Eternidad. Que
los traigan, pues, al mundo, en el seno de una pareja heterosexual aquellos
que más abogan por el bienestar y la felicidad de la infancia.

El Estado laico no necesita el perdón de Dios, porque no atenta ni contra
Dios ni contra la Iglesia. No atenta contra los fieles: protege su libertad.
Protege su libre elección O, en otras palabras, protege el libre albedrío,
cuya existencia fue confirmada por Santo Tomás de Aquino en la Summa
Theologica.

IV. La Iglesia y la ignorancia

Dijo el obispo: el pueblo mexicano no es laico.

Tiene razón: los pueblos no son laicos. Los individuos no son laicos. Son
los estados los que son laicos. Son las instituciones las que son laicas.
Pero el obispo, y con él la Iglesia, fingen ignorarlo, y le echan la culpa
del laicismo a Satanás. De la misma manera que los antisemitas lo atribuyen
a una conspiración judeomasónica o algunos intelectuales musulmanes lo
acusan de ser un producto puro del judaísmo talmúdico, o como los
anticomunistas lo endilgan a Carlos Marx.

La Iglesia finge ignorar que el propio Marx, y con él Engels, y con ello los
promotores del laicismo en Francia: Condorcet, Aristides Briand y Jean
Jaurés, advirtieron sobre el peligro de una visión del mundo basada en el
odio hacia la religión.

La Iglesia prefiere no saber que en el siglo XVIII, el más jacobino de los
jacobinos, Robespierre, condenó al anticristianismo feroz de la Revolución
Francesa.
La Iglesia, al menos la Iglesia mexicana, prefiere pensar que el Estado
laico fue la invención de un partido político mexicano.

La Iglesia olvida que la formulación del laicismo como una doctrina que
preconiza la independencia del hombre, la sociedad y el Estado frente a todo
tipo de influencia religiosa o eclesiástica, apareció en la Baja Edad Media.
Esto lo afirma el Diccionario de ciencias jurídicas, políticas, sociales y
de economía, dirigido por Víctor de Santo.

La Iglesia olvida que la inviolabilidad entre las dos jurisdicciones –que
son la propia Iglesia y el Estado– fue configurada desde finales del siglo
V, con la anuencia del papa Gelasio I, con la imagen de las dos espadas que
no pueden empuñarse con una sola mano. Con una de ellas se defiende a la
Iglesia. Con la otra, al Estado.

La Iglesia mexicana no sabe que el laicismo –o laicidad– fue enarbolado como
defensa de la recién nacida Tercera República francesa, a la que se unieron
protestantes y judíos, atemorizados por el dogma de la infalibilidad papal,
promulgado por Pío IX, el Papa que en un documento, el Syllabus, anexo a su
encíclica Quanta cura, condenó como un error la opinión en el sentido de que
el pontífice romano puede y debe reconciliarse, y estar de acuerdo, con el
progreso, el liberalismo y la civilización moderna. Esto no era sino un eco
de la declaración hecha varios siglos antes por Pío VI, quien no había
vacilado en condenar como sacrilegio la Declaración de los Derechos del
Hombre y del Ciudadano, así como la libertad de expresión. En su encíclica
Quod …

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