mitos de la conquista –


Las investigaciones del epigrafista norteamericano Barry Fell hicieron luz sobre un hecho que habría de sacudir la opinión pública de América en lo tocante al encuentro del Viejo con el Nuevo Mundo mucho antes que las naves de Colón llegaran a las islas del Caribe.

En 1975 fueron descubiertas inscripciones celtas y construcciones de piedra en el noreste de los Estados Unidos, lo que evidenció que 3 000 años A.P. representantes de pueblos circunmediterráneos, principalmente procedentes de los actuales territorios de España y Portugal cruzaron el Atlántico y se establecieron en colonias en el nuevo continente, cerca de la desembocadura de los ríos, como el Salem y el Merrimac. En algún momento ascendieron por el Connecticut hasta Quechee (Vermont) y se asentaron allende a las tierras altas y escondidas de las Green Mountains. Las evidencias indican que la permanencia debió prolongarse al menos hasta el 42 D.C. y que con ellos vinieron representantes de pueblos norafricanos, con todo el espectro lingüístico que ello supone; desde el celta hasta el euskera, pasando por el fenicio, el egipcio, el iberopúnico y el libio, cuyo rastro hoy se evidencia en la lengua Zuñi y en los jeroglíficos de los indios algonquinos Mimac.ç

En la isla de San Vicente (Antillas Meridionales), en la roca Berouallie se encuentra una inscripción en alfabeto Ogam, en lengua celta, cuya traducción dice que “… Mabo descubrió esta remota isla occidental…”. En 1886, en Paraiba (Brasil), fue encontrada la celebre “piedra labrada” con una inscripción en caracteres fenicios. Mucho más al sur, 1600 km. tierra adentro en Paraguay otra inscripción, esta vez un texto en lengua iberopúnica dejaba sentada la magnitud del desplazamiento de estos hombres en un pasado envuelto aún en las tinieblas de la prehistoria.

PERO ¿COMO LLEGARON?

Ciertamente cuesta creer que en medio de un desarrollo cultural considerado bajo la óptica moderna como primitivo, estos pueblos hubieran podido cruzar con éxito el Atlántico de norte a sur, fundar colonias, levantar construcciones y dejar dispersos elementos transculturales resistentes a la erosión del tiempo.

La tesis del poblamiento caucasoide precolombino fue formulada entre 1928 y 1931 por Cottevielle-Giraudet sobre la base de comparaciones culturales y osteológicas, afirmando la identidad somática entre los llamados pieles rojas y el tipo cromañonoide del período Paleolítico Superior de Europa. Los antropólogos Hamy, Deniker y Quatrefages habían notado estos parecidos, al punto de afirmar Verneau que “…la fisonomía de los indios Cherokee es indistinguible de la europea, con excepción de la nariz aquilina…”.

El antropólogo mexicano Juan Comas opinaba por su parte que esta presunta inmigración hacia el oeste no parece imposible si se toma en cuenta la cadena de tierras extendidas entre Escocia y la Península de Labrador, vía Hebridas, Orkney, Shetland, Faeroe, Islandia, Groenlandia y la Isla de Baffin.

Hacia 1963 Greenman presentó pruebas apoyando analogías culturales entre algunas tribus indias del este de los Estados Unidos y el hombre del Paleolítico Superior del suroeste de Europa. Existía además un testimonio biológico de extrema importancia: W.C. Osman Hill, profesor de anatomía de la Universidad de Emory, Georgia, U.S.A, hizo en 1958 la disección completa de un indio Cherokee de 67 años fallecido el 28 de octubre de 1955 en el Hospital Estatal de Milledgville y considerado un verdadero “pura sangre amerindio”. La disección de partes blandas del cadáver, la somatometría, anatomía externa, miología, esplacnología, angiología y neuroanatomía dieron por resultado que no existía un solo rasgo de filiación mongoloide. En otras palabras, su origen era totalmente distinta a la ya aceptada migración desde Asia cuidadosamente demostrada por Chrysty G. Turner II, antropólogo de la Universidad Estatal de Arizona. Premonitoriamente ya Brinton, en 1891, había dicho: “…estamos forzados a concluir que los antecesores de la raza americana no pudieron haber venido de otra región que no sea Europa Occidental o Euroafrica…”.

EL APORTE AFRICANO

El surinamés Iván van Sertima planteó que, por lo menos 800 años A.C. los primeros negros pudieron llegar a América desde el norte de Nubia.

Zeki Pachá en un artículo publicado en 1920 relata que alrededor del año 1300 D.C. Mahomed Gao, sultán de Guinea, ordenó que se equipara una flota con el propósito de determinar si existía tierra del otro lado del Atlántico.

La expedición, en la que el propio sultán tomó parte, nunca regresó. Existe además noticia que en 1147 ocho árabes se lanzaron a la mar desde las costas de Lisboa sin que se tenga información de sus resultados. Hacia el año 1311, Aboubacari II (Mali) se adentró en el Atlántico con una flota de 400 naves. Solo una regresó diciendo que una poderosa corriente arrastró a las naves al oeste sin poder escapar a la deriva. Estos intentos no necesariamente pudieron haber sido empresas fallidas por lo que, según Weitzberg, “…el número de negros que llegaron pudo haber sido suficientemente grande…” .

Con el sello de un testimonio histórico, los cronistas de la conquista recogen el notable incidente ocurrido ante la expedición de Vasco Nuñez de Balboa al Darién. Pedro Martir de Anglería, F. López de Gómara, Bartolomé de Las Casas y Gonzalo Fernández de Oviedo, mencionan indistintamente que en una región llamada Quarequa “…encontraron negros esclavos en una región (…) en la cual no se crían más que negros y estos, feroces y sobremanera crueles. Los de Cuarequa (sic) tenían odios intestinos con esos negros y se esclavizaban mutuamente o se matan…”. Cristóbal Colón por su parte había escrito: “…pensaba experimentar lo que decía los indios de La Española que habían ido a ella, de la parte sur y sureste, gente negra, que traía el hierro de las azagayas de un metal que llamaban guanín…”.

LO QUE CUENTAN LOS HUESOS
Aún considerando la objetividad de los testimonios históricos o las evidencias arqueológicas, hay que convenir en el valor de los hallazgos antropológicos como prueba de peso en esta argumentación.

En 1969 Wiercinski estudió dos series prehispánicas mexicanas: 98 cráneos procedentes de Tlatilco, fechados entre 1100 y 600 años A.C. y 25 cráneos correspondientes a la cultura Olmeca de Cerro Las Mesas, coincidentes con el período clásico. De 13 diferencias craneoscópicas, encontró que cinco pertenecían a sujetos de tipo europeo, pero según su propia tabla taxonómica 13.5 % de la población de Tlatilco y 4.5 % de cerro Las Mesas eran sujetos negroides, aún cuando ello no fuera conclusivo a favor de un verdadero tipo negroide prehispánico mesoamericano.

Algunos de los caracteres de identificación diferencial fueron establecidos por Dixon y Hooton en 1923. La presencia de estos indicadores presentes en algunas de las poblaciones estudiadas, hizo concluir a Renaud (1953) “…todos estos caracteres (…) justifican nuestra conclusión de que el factor negroide puede ser reconocido entre la población indígena temprana, tanto en el norte como en Suramérica…”.

También el antropólogo cubano Manuel Rivero de la Calle ha citado en su obra la presencia de rasgos negroides entre la población aborigen mesolítico conocida como “siboney”, cronológicamente coincidente con los grupos continentales donde igualmente se han detectado estos elementos. Sobre este particular Rivero ha escrito: “…cuando se trate de cráneos preagroalfareros (siboneyes) (…) pueden confundirse con los cráneos negroides (…) en nuestros aborígenes (…) a pesar de que tienen un origen asiático el borde de la abertura piriforme (…) romo en ocasiones (…) adquiere un aspecto negroide…”.

Con respecto a lo anterior y a otras similares citas es preciso destacar que no hay por parte de los investigadores la intención de inferir que se trata de sujetos negros, sino de indígenas precolombinos donde aparece una proporción importante de rasgos negroides.
El antropólogo Pedro Hidalgo realizó un estudio sobre la perfiliaciación horizontal de los aborígenes cubanos. Ello hizo patente la gran heterogeneidad de los cráneos aborígenes antillanos, particularmente de Cuba. Este hecho comprobado nunca fue sujeto a una verdadera hipótesis capaz de explicar como en un mismo territorio, para una etapa cronológica cultural semejante, era posible encontrar sujetos radicalmente distintos, pertenecientes, sin embargo, a un mismo tipo racial sin presunta mezcla.

En el marco de estas circunstancias, en septiembre de 1996 se habría de producir un hallazgo de gran repercusión antropológica. Al término del período de excavaciones en el sitio Canímar Abajo, en la costa norte del centro de Cuba, los investigadores toparon con un cráneo correspondiente a un adulto de unos 40 años con rasgos típicamente negroides, compatible inclusive con cualquier serie de nativos africanos. La conmoción del hecho removió los habitualmente tranquilos cimientos de la arqueología cubana.

La pieza, hallada en el medio de un contexto típicamente aborigen, con rasgos mongoloides, se fechó 1110 años antes del presente (siglos IX a X D.C.); no cabía especular en una inclusión accidental: el cráneo era cronológicamente compatible con el período mesolítico medio a tardío de Canímar.

EL RETO
La suerte estaba echada: no era posible negar las evidencias excepto dando tozudamente la espalda a una verdad que clamaba por su definición. Para muchos era un reto, un desafío a la historia que podía cambiar su curso y deshacer el edificio de la arqueo historia antillana derrumbando una buena obra escrita por investigadores de mérito. Aún para los escépticos era evidente que la presencia de caracteres negroides típicos no podría producirse espontáneamente en una serie aborigen mongoloide, cuya carga genética ancestral impedía cualquier cambio brusco en el aspecto biológico. Solo un intercambio de grupos humanos podía realizar tal proceso.

El sujeto a quien perteneció el cráneo había vivido más que el promedio de los indígenas, el surco prenasal, el paladar y los índices faciales lo alejaban además del típico mongoloide que le estaban contiguos en el sitio.

Una relación de medidas, el llamado índice de Mean Height, promedió para los aborígenes cubanos con cráneos no deformados un 87.3%; la nueva pieza comparada arrojaba 82,13%, lo cual, según Steward, lo acercaba a las series noroccidentales de Norteamérica y América Central. El aplanamiento de la cara era igualmente diverso: el promedio cubano en 90.15, el cráneo de Canímar 93.79. Otras medidas y ángulos se desviaban también de las medias.

Pero la estadística daría el golpe de gracia. Aplicadas pruebas de filiación a grupo se buscó la semejanza con dos series bien definidas: una, la aborigen no deformada; la otra, una serie de cráneos típica e indudablemente negros, con inclusión de sujetos africanos, antiguos esclavos procedentes de la costa centro-occidental de África. Allí donde la cifra fuese menor estaría la mayor proximidad al grupo en cuestión. Para mayor sorpresa, con los aborígenes la relación fue de 3.318; con los negros 2.374. En otras palabras, era básicamente un aborigen con rasgos tan típicamente negros que lograba apartarse del grupo tradicional entre los indios cubanos.

Entretanto prosigan las investigaciones en Canímar, el cráneo número 135, el negroide, como ya se le conoce, aguarda en el reposo de la osteoteca. Acaso cientos como él han sido exhumados en todas las Antillas, pero el celo de una arqueología demasiado ortodoxa pudo haberlos condenado a un segundo sepultamiento en el olvido.
La hipótesis de una migración negroide a tierras americanas en el pasado precolombino ha tomado nuevo impulso. Las claves están siendo reveladas, el teatro está dispuesto, la gran escena de la prehistoria del Caribe aguarda para una representación sin precedentes. El telón, recién ahora, está empezando a descorrerse.

recopilacion realizada por el Dr. Ercilio Vento Canosa.

 
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