Los apaches son Mexicanos


Mientras convalecía para luego fallecer el pasado 31 de julio, el dramaturgo chihuahuense Víctor Hugo Rascón Banda prologó el libro Apaches… fantasmas de la Sierra Madre. El texto insólito y seductor, escribió el también autor de la obra de teatro Apaches, “viene a llenar un gran vacío, una laguna inmensa, en nuestra historia”.

Gracias a la televisión y el cine, los mexicanos creíamos que los apaches son originarios de Estados Unidos. Pues no: son de México.

Películas y series televisivas norteamericanas presentan a los apaches como “malos”, salvajes, crueles, cuando ellos llegaron primero a esas tierras, de las cuales los echaron con balas, cárcel y torturas.

La nación apache abarcaba el sureste de Arizona y el sur de Nuevo México, que eran territorio mexicano hasta antes de que nos los despojaran, y el noreste de Sonora y el noroeste de Chihuahua. Los apaches están hermanados geográficamente con los tarahumaras, los ópatas, los pimas y los pápagos.

El libro, del sociólogo Manuel Rojas, indica Rascón Banda, “aparece para deshacer mitos y leyendas, para reivindicar su origen y para ilustrarnos sobre la nación apache que fue extinguida en Chihuahua y Sonora por los rifleros de Joaquín Terrazas para que pudiera construirse, dicen en Chihuahua, el ferrocarril que en los primeros años del siglo XX recorrió el estado de sur a norte hasta la nueva frontera y del centro noroeste”.

Gerónimo, por ejemplo, uno de los bravos guerreros apaches al que le han dedicado los gringos varias películas, nació en Arizpe, Sonora. El investigador encontró en los archivos de la parroquia de La Asunción de María que José Gerónimo, hijo de Hermenegildo Moteso y Catalina Chagori, fue bautizado el primero de junio de 1821.

Mario Rojas narra las vidas de otros guerreros apaches como Cochise o José, caudillo que estuviera preso en Sonora; de Mangas Coloradas, que dirigiera batallas importantes; de Victorio, a quien el gobierno del estado de Chihuahua le edificó una estatua y una plaza como parte de la reconciliación del pueblo de esa entidad con la nación apache; de Ju, quien jamás fuera derrotado.

El autor denuncia el grave silencio del gobierno mexicano, de sus instancias educativas y culturales, “que allanándose a los intereses geopolíticos de los Estados Unidos, han permitido impunemente el saqueo constante de nuestro patrimonio histórico, no sólo el hurto de objetos y documentos de los sitios históricos que incluyen archivos oficiales y religiosos, sino también de usos y costumbres como el rodeo, que sin pudor alguno se arrogan nuestros vecinos del norte”.

Lo mismo hicieron “al sustraer la apachería de nuestra etnografía nativa bajo el discutible ropaje científico-académico de historiadores, etnólogos y antropólogos de su expansionista país (…)”.

Olvidados por la historia oficial, los apaches fueron enclaustrados en reservaciones de Arizona y Nuevo México, como parte de acuerdos binacionales, luego de que el corazón de la apachería estuviera en la porción de La Mesilla, territorio mutilado a Sonora y Chihuahua.

Que los apaches dejen de ser fantasmas en la Sierra Madre, como pide al autor, y rescatar su cultura, historia y pertenencia a México y, de paso, que ojalá sus descendientes de Sonora y Chihuahua estén orgullosos, es lo primero por hacer

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