La Guerra Biotecnológica Secreta


El verdadero problema con los cultivos modificados genéticamente, es que permiten a las grandes compañías de biotecnología hacerse con el control de la cadena alimenticia. Al patentar los genes y todas las tecnologías asociadas con ellos, estas compañías están creando una situación en la que pueden ejercer control absoluto sobre lo que comemos.  

 

El presidente de Zambia está equivocado. Los alimentos modificados genéticamente, que se sepa, no son "veneno". Aunque todavía no se han realizado estudios de seguridad adecuados, no hay aún prueba convincente de que éstos sean más perjudiciales para la salud humana que los alimentos convencionales. Si tuviera que escoger, como han de hacerlo ahora los habitantes de Zambia, entre morirme de hambre o comer alimentos modificados genéticamente, yo los comería. El verdadero problema con los cultivos modificados genéticamente, tal como esta columna lleva señalando desde hace varios años, es que permiten a las grandes compañías de biotecnología hacerse con el control de la cadena alimenticia. Al patentar los genes y todas las tecnologías asociadas con ellos, estas compañías están creando una situación en la que pueden ejercer control absoluto sobre lo que comemos.
Esto tiene consecuencias devastadoras para la seguridad alimentaria en los países más pobres, y es por ello que estos cultivos se han topado con tanta oposición por parte de los activistas. Las compañías de biotecnología han estado ensayando nuevos métodos para vencer esta resistencia. Este artículo revela hasta qué extremos parece que están dispuestas a llegar. La Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, USAID, les ha dicho a Zambia, Zimbabwe y Malawi, países actualmente asolados por el hambre, que no hay otra alternativa salvo utilizar los cultivos modificados genéticamente provenientes de Estados Unidos. Esto es sencillamente falso.  De aquí a marzo, esta región necesitará hasta dos millones de toneladas de cereales de ayuda alimentaria urgente. La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación ha revelado que hay 1,16 millones de toneladas de maíz exportable en Kenia, Tanzania, Uganda y Sudáfrica. Europa, Brasil, India y China tienen excedentes y reservas que sobrepasan las decenas de millones de toneladas. 
Incluso en Estados Unidos, más del 50% de la cosecha es no trangénica. Todos los hambrientos en África del sur, Etiopía y las demás zonas del mundo asoladas por el hambre podrían comer sin tener que recurrir a un solo grano modificado genéticamente. Pero Estados Unidos es único entre los mayores donantes de ayuda, en cuanto que la proporciona en especie y no en metálico. Los demás pagan al Programa Mundial de Alimentos, que a su vez compra los suministros lo más cerca posible de la zona a la que están destinados, lo cual resulta más barato y más beneficioso para las economías locales. La USAID, por contra, insiste en enviar siempre que sea posible sólo su propio grano. 
El sitio Web de la agencia estadounidense se jacta de que "el principal beneficiario de los programas de ayuda externa de Estados Unidos siempre ha sido Estados Unidos. Cerca del 80% de los contratos y subsidios de la USAID van a parar directamente a compañías estadounidenses. Los programas de ayuda externa han ayudado a crear grandes mercados para los productos agropecuarios, han creado nuevos mercados para las exportaciones industriales estadounidenses y han proporcionado cientos de miles de puestos de trabajo para los estadounidenses."

 

El programa de ayuda alimentaria estadounidense constituye un sistema de enormes subsidios encubiertos para sus agricultores y ganaderos. Pero además, tal como muestra un informe de Greenpeace aparecido recientemente, no son éstos los únicos beneficiarios. La USAID ha declarado que uno de sus objetivos es "integrar los alimentos transgénicos dentro de los sistemas locales de alimentación". Este mismo año, lanzó un programa de 100 millones de dólares para llevar la biotecnología a los países en vías de desarrollo. Los programas de "formación" y "concienciación" de la USAID, según dice su propio sitio Web, proporcionarán a compañías tales como "Syngenta, Pioneer Hi-Bred y Monsanto" oportunidades para realizar una "transferencia de tecnología" a estos países. A cambio, Monsanto le presta ayuda financiera a la USAID.
La hambruna le permitirá a la USAID acelerar esta estrategia. Sabe que parte del grano que exporta a África del sur se utilizará en la cosecha del año que viene. Cuando la contaminación genética esté extendida, los gobiernos de esas naciones ya no podrán mantener la prohibición de esta tecnología. El único obstáculo para estos planes es la resistencia de los autóctonos y las protestas de los grupos ecologistas y ONGs. Pero durante estos últimos años, Monsanto se ha estado ocupando de este problema. Hace seis meses, esta columna reveló que una persona inexistente con el nombre de "Mary Murphy" había estado bombardeando los servidores de listas de Internet con mensajes que denunciaban a los científicos y ecologistas que criticaban los cultivos modificados genéticamente. El ordenador desde el cual algunos de estos mensajes fueron enviados pertenece a una compañía de relaciones públicas llamada Bivings, que trabaja para Monsanto.
El jefe de Bivings escribió al diario británico The Guardian negando categóricamente que su compañía hubiera estado dirigiendo campañas encubiertas. Sin embargo su responsable de relaciones públicas por Internet admitió en declaraciones a Newsnight, el noticiario nocturno de la BBC2, que uno de los mensajes venía de alguien "que trabaja para Bivings" o de "clientes que usan nuestros servicios". Pero Bivings niega tener conocimiento de que se use su red informática para semejante campaña. Esta admisión hizo que el investigador Jonathan Matthews, quien descubrió la primera historia, volviera a examinar algunos de los correos electrónicos que le llamaron la atención en un primer momento. Se había interesado especialmente en una serie de mensajes vituperiosos enviados a los servidores de listas de Internet de biotecnología más prominentes por alguien llamado "Andura Smetacek".
Andura empezó a escribir en el 2000, acusando reiteradamente de terrorismo a los detractores de los cultivos modificados genéticamente. Cuando una de sus cartas, en la que se afirmaba que Greenpeace estaba deliberadamente propagando temores infundados acerca de los alimentos modificados genéticamente para favorecer sus intereses financieros, fue reimpresa en el Glasgow Herald, Greenpeace ganó el pleito por difamación contra este periódico. Smetacek afirmaba en distintos mensajes primero vivir en Londres y después en Nueva York. Jonathan Matthews comprobó todos los registros públicos disponibles y no encontró a nadie con tal nombre en ninguna de las dos ciudades. Pero hace un mes, sus amigos expertos en informática descubrieron algo interesante. Tres de los mensajes, incluyendo el primero que Smetacek envió, llegaron con la dirección de protocolo de Internet 199.89.234.124. Esta es la dirección asignada al servidor gatekeeper2.monsanto, que pertenece a Monsanto.
En 1999, después de que la compañía estuviera a punto de quebrar debido al desastroso intento de imponer los alimentos modificados genéticamente en el mercado europeo, Philip Angell, el director

 

de comunicaciones de Monsanto, le explicó al Wall Street Journal que "quizás no fuimos suficientemente agresivos… A veces el fuego hay que combatirlo con fuego." La compañía se dio cuenta de que Internet había sido el medio que había permitido que las campañas de protesta proliferaran tan rápidamente. A finales del año pasado, Jay Byrne, el director de la extensión de Internet de la compañía, les explicó a otras compañías las tácticas que había empleado en Monsanto. Explicó que antes de que se pusiera a trabajar, los sitios de Internet sobre alimentos modificados genéticamente que aparecían encabezando los resultados proporcionados por los motores de búsqueda criticaban todos esta tecnología. Después de su intervención, los sitios que encabezaban las listas eran todos favorables (por cierto, cuatro de ellos habían sido diseñados por Bivings, la compañía de relaciones públicas de Monsanto).
Les dijo que imaginaran que "el Internet es como un arma sobre la mesa. O la coges tú o la coge tu rival, pero en cualquier caso alguien va a acabar muerto." Mientras trabajaba para Monsanto, Byrne le dijo al newsletter de Internet Wow que "dedica su tiempo y esfuerzo participando" en debates en línea sobre biotecnología. Escogió el sitio AgBioWorld, donde "se asegura de que su compañía recibe un trato justo". AgBioWorld es el sitio desde el que "Andura Smetacek" lanzó su campaña. Las compañías de biotecnología saben que nunca conquistarán nuevos mercados mientras los activistas sean capaces de poner al descubierto cómo sus actividades dañan la seguridad alimentaria y reducen la capacidad de elección de los consumidores. A la par que trabajaban con la USAID para hacerse con nuevos mercados, parece que también han estado realizando campañas encubiertas para acabar con sus oponentes. Quizás sus productos no sean venenosos, pero ¿se puede decir lo mismo de sus métodos?.

* Título original: The covert biotech war – Autor: George Monbiot – Origen: ZnetTraducido por Gabriel Sánchez Biscéré y revisado por Alfred Sola

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